Diario de un vagabundo

La vida es un ejercicio para nómades, para seres que deambulan, que vagan de un sitio a otro buscándose, buscándo algo que les muestre que están vivos.

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Location: Buenos Aires, Argentina

Thursday, July 20, 2006

El absurdo

Suele ser un lugar común decir que la vida es un absurdo, que no tiene explicación. Sí, claro. Pero tampoco lo tiene el ajedrez o el tiro al blanco. ¿Por qué es mejor tal o cual cosa? Por supuesto que no es malo andar usando ciertos instrumentos relativistas. Como no es malo, a priori, caminar veinte cuadras por días. Pero si no es malo tampoco es bueno, a priori. Un instrumento no es bueno en sí mismo sino que encuentra su bondad en una finalidad. Así que ahora deberíamos preguntarnos no si la vida tiene sentido, sino qué significa que no lo tenga.Cuando decimos que algo es absurdo (al menos cuando no nos referimos a una expresiòn linguística) queremos decir que si ponemos una alternativa entre esto y otra cosa, entonces no habrá razones que nos lleven necesariamente una o la otra.Así es como concebimos que tal o cual estilo de vida tiene el mismo valor y la misma legitimidad. Hasta ahí, no hay problema. Es decir, las consecuencias políticas de tal pensamiento son de sobra vistas y re-vistas. El problema aparece cuando el relativismo se desboca y entonces todo y cada cosa del mundo es igual, da lo mismo. Todo porque la razón no alcanza para mostrar que esto es mejor que aquello. Pero cabe preguntarse si eso es un problema de la razón, de las cosas, o de nosotros. Sería un despropósito decir que lo es de las cosas mismas. Implicaría una ontología sustancialista muy onerosa. Decir que es la razón implicaría un proceso complicado de buscar una definición precisa de conocimiento, algo que, como muchos filósofos han tematizado, no es posible. Lo que vemos como lógica y razón no son sino esquemas vacíos que pueden ser interpretados de muchas maneras así como diferentes formas de satisfacer una serie de axiomas matemáticos da lugar a diferentes teorías matemáticas. Pero eso no es un problema de la lógica, ni del razonamiento, sino que es su límite. Si eso no nos conforma es posible que sea acaso porque nosotros le pedimos al instrumento más de lo que da. Es tan tonto como pedirle al sol que no me cause problemas en la piel si me expongo ocho horas por día a su radiación en las épocas del año en que su energía se siente más intensamente. La energía del sol es lo que es, somos nosotros los culpables de pedirle algo que no puede dar. Pero eso quiere decir que nosotros somos los últimos responsables de lo que hacemos.
Muchos creen que si la razón no nos puede dar una forma de decidir todo racionalmente, entonces nuestra razón fracasa. No lo creo. tiendo a pensar que los que fracasamos somos nosotros, los que por evitar un dios caen en otro. Y caen irresponsablemente, o mejor, para ser irresponsables. Porque lo que deprime a quienes no pueden apreciar que el absurdo de la vida es la libertad del sujeto, lo que deprime de eso es que nos deja huérfanos enfrentados a decisiones últimas que no pueden ser justificadas totalmente, que deben enfrentarse a otras decisiones. Y estas decisiones que caen fuera de la razón corresponden siempre al sujeto. Si esto parece terrible es porque uno buscaba la razón como se busca un lugar para ocultarse, no para vivir. Vivir implica el riesgo de que nada está garantizado. He ahí el punto en que todo se vuelve deseo (en un sentido profundo, en un sentido de esas decisiones impensadas que ya tomamos antes de toda decisión). Si la razón no alcanza para mostrarnos La Verdad tal vez sea problema nuestro, que necesitamos algo así para quedarnos tranquilos, como si tuviéramos una protección celestial. Vivir es siempre un ejercicio que, en mayor o menor grado, implica orfandad. Y esa orfandad lejos de ser una trajedia es la posibilidad de poder vivir nuestra libertad, de poder aprender que el absurdo es el lugar donde termina la seguridad y empieza el trabajo de verse a uno mismo, cara a cara con sus decisiones más vitales, menos explícitas y más decisivas.

Thursday, July 06, 2006

Estación de servicio

Es común que las personas se aboquen a pensar cuál es su lugar en el mundo, cuál es su misión en la vida. Me parece que lo que desencamina esa reflexión es ponerla como síntoa de otra reflexión oculta que puede ser enunciada de manera harto simplificada como "¿por qué a mí?". En el fondo lo que estropea este ofico de representaciones es sentirse que somos apenas los actores mal pagados de un teatro sin piedad. El sueño y la ilusión se establecen así como prioridades. Pero no lo hacen como la prioridad razonable de la cosa frente al relato, sino con la prioridad del espejismo frente a la realidad. Despegarse de la eternidad del momento, ya sea hacia el pasado o hacia el futuro, nos hace caer siempre en la desdichada sucesión de momentos, lo cual no puede hacer otra cosa que generar tedio, aburrimiento o desesperación. Estamos tan preocupados por hacer placentero el momento que nos olvidamos de algo más básico: hacer el momento. Solemos estar tan preocupados con dirigir hacia tal o cual lugar lo que hacemos, que nos olvidamos de ver hacia donde es que realmente va eso que hacemos. Si nos detuvieramos en esa perspectiva tendríamos que darnos cuenta que lo mejor sería hacer lo mejor posible cada cosa que hacemos. Todos vivimos de alguna necesidad ajena. No importa de qué se trate. Sea algo remunerado o no, creo qúe sería conveniente vivir cada acto como una tarea de servicio. La vida no nos debe nada. Somos nosotros los que nos debemos a nosotros mismos y es por eso que nos debemos también a los otros. No a los caprichos, sino al sentido más prufundo del otro como un ser en la existencia para aprender, para crecer, para fructificar y demostrar qué clase de árbol es, justo en el momento en que sea capaz de mostrar sus mejores frutos. No se trata de negarnos a nosotros mismos sino de tener la obligación de ser más firmes y consecuentes que nunca porque no solo somos una obra únicamente para nosotros. Somos como estaciones de servicio en una larga carretera, somos como pequeñas paredes donde rebota el sonido y la luz. No somos ni el centro ni el final de la cadena de eventos. Somos un punto más, y por eso debemos sentir la responsabilidad de hacer de nuestras vidas y de cada uno de nuestros actos un lugar donde no sólo estemos nosotros mismos sino donde también otros puedan habitar y encontrarse, porque eso también nos permite encontrarnos a nosotros mismos. No ser el final, el sentido último de cualquier historia o cualquier acto, puede parecer mucho menos hollywoodense, pero no tiene nada de menor o despreciable. Que la vida sea una alabanza a la vida.

Friday, June 23, 2006

Para el viaje

Cada acto que emprendemos es un pequeño viaje, un inicio, un comienzo, y por lo tanto un fin, un término de algo. Lo que más complica el inicio de un viaje es, precisamente, todo lo que está antes del viaje, la delicada red de obligaciones que uno debe completar para que todo esté dispuesto para, por fin, comenzar. Planificar el viaje, hacer maletas, descartar objetos, saludar amigos, tomar algo... cada cosa nos demora, pero es a la vez gracias a completar esa demora que uno puede decir que por fin ha terminado y que puede comenzar a viajar. Dicho de otra manera, no se puede abrir una puerta, si antes no se ha cerrado. A veces es la carga misma la que no nos deja viajar. Porque para partir hay que saber despedirse, dejar atrás, cortar. Un viaje siempre implica un antes y un después. Pero lo importante es no entretenerse siquiera en eso, porque la nostalgia y la ansiedad pueden ser dos escollos que hacen que en verdad nuestra despedida es sólo un ritual, no una vivencia completa, una verdadera vivencia. Para viajar hay que saber romper con el que uno era antes del viaje. De lo contrario estamos atando demasiado al pasado como un lastre y a la larga no tenemos un viaje, sino un movimiento aparente, vanos juegos de lenguaje que nos reconfortan como sucedáneo de las cosas mismas. Todo viaje es posible si uno no cae con los objetos, la gente, o hasta con su propio ego, en una suerte de esclavitud por deudas. ¿Cómo haremos para poder nacer si antes no nos atrevemos a morir? ¿Se puede partir si nos llevamos todos los lugares a cuestas?

Thursday, June 15, 2006

Cambio de posición

Generalmente pensamos nuestros actos como respuestas a ciertas causas. Al menos es así como solemos pensar nuestros actos. Nos vemos inmersos en un medio que supone una serie de estímulos y ante ellos respondemos. El problema es saber si esa forma de concebir la causa de nuestras acciones (sean acciones exteriores o interiores, como pensamientos o emociones) es útil. Solemos pensar que nos enfurecemos porque alguien nos agrede verbalmente, que nos sentimos bien cuado estamos en una habitación de un color "tranquilizante", que nos molesta cuando pasa tal o cual cosa. Pero vistas las cosas así, nosotros estamos siempre amparados ya actuamos como actuamos porque los estímulos del entorno nos afectan de tal o cual manera prudiendo en nosotros tales o cuales reacciones. Lo gracioso es que se supone que esta es la visión de la gente con "personalidad". Pero ¿puede haber realmente voluntad en quien no es más que el resultado casi mecánico de un efecto anterior? Recordemos que el término persona viene del término que designa la máscara de un actor. Por lo tanto lo que tomamos por persona es una representación, una exterioridad. La personalidad es la designación de que la máscara se ha hecho una con la carne del actor de tal manera que no se puede distinguir la diferencia. Luego, es imposible que podamos conocernos, crecer, transformarnos si ya no somos capaces de ver sino una ilusión y de reproducirla porque eso nos da cierta seguridad. La reiteración insomne de lo mismo tiene un efecto catártico que ya conocía muy bien la tragedia griega, por ejemplo.
Quizá debiéramos descentrar la personalidad, quitarle su status de lugar inamovible y de convenientemente reproducible. Quziá fuera hora de transponer la persona y buscar qué es lo que me molesta cuando me siento molesto, qué es lo que me agrada cuando siento que algo me agrada, qué es lo que me enfurece cuando me siento enfurecido. O mejor, qué parte de mí se enfurece, qué parte de mí se enamora, que parte de mí hace cada cosa. De esa manera podríamos darnos cuenta que en verdad no son las cosas las que causan efectos en mí sino que soy yo que me proyecto sobre las cosas de tal manera que parece que ellas causan efecto en mí. Vistas así las cosas ya no hay dónde esconderse. Y esa forma de la horfandad, lejos de ser terrible nos pone en el camino de poder tomar nuestra vida en nuestras propias manos, de comprendernos, de evitar que identifiquemos la parte con el todo, que nos enredemos en ligazones que están lejos de ser cierta. Ahora ya no basta que alguien me insulte para justificar mi enojo porque debiera darme cuenta que nada agrega ese insulto a lo que verdaderamente soy. ¿Entonces, por qué siento furia en ese momento? Asì que ahora todo vuelve a ser responsabilidad propia. Y quizá por allí podamos entender cómo operan nuestras identificaciones, y las múltiples máscaras de la sacrosanta racionalidad causa -efecto que uno usa para no dar la cara de las decisiones que nuestro deseo ha hecho antes de que aparezca en juego totalmente. Dicho de una manera menos directa, pero tal vez no menos clara: ¿cómo saber qué talle de ropa me va mejor si nunca me puedo ver desnudo?

Thursday, June 01, 2006

Las ligazones negativas

Los estados de desequilibrio son eso, estados donde nos mantenemos lejos de nuestro centro, donde estamos descentrados, desestructurados, incapaces de parecernos a nosotros mismos. Fundamentar esos estados bajo bellos pretextos, bajo loables palabras para el aplauso público es ya el comienzo de la enajenación. Estamos demasiado acostumbrados a que la sociedad nos diga qué tenemos que pensar que muchas veces nos olvidamos de hacerlo por nosotros mismos. El valor, la constancia, el respeto, la ley. He ahí un bello conjunto de elementos donde a veces pueden esconderse las ligaduras más atroces. Dicen que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Esta tampoco es la excepción. Muchas veces nos olvidamos que un sentimiento negativo nos liga tanto o más hondamente que un sentimiento positivo. Y así nos atamos a montones de cosas bajo el pretexto de pretender vencerlas. Y una y otra vez nos impedimos desligarnos de eso que nos ata como una piedra, como un lastre terrible amarrado al cuello. Es necesario a veces evaluar cual es el objetivo que perseguimos y si el camino elegido no nos aleja más de lo que nos acerca. A veces estamos tan apegados a nuestro ego que no nos damos cuenta que nuestro objetivo declarado se logra más eficientemente por otro camino,y persistimos tontamente en una lucha sin cuartel y sin victoria posible sólo porque tenemos que reafirmar nuestra identidad. No es necesario reafirmar ninguna identidad. Lo importante es reafirmar la felicidad. Cuando nos olvidamos de eso corremos peligro de continuar ligados por lo negativo, sin avanzar. Cuando nos olvidamos que el objetivo es la felicidad (hacerla y difundirla, por decirlo en terminos de pancarta) corremos el peligro de creer que lo importante es vencer. El martirio, en estos casos, es sólo la forma más patetica de la ceguera espiritual.

Thursday, May 25, 2006

Cualquier momento es bueno (dedicado a una amiga)

A alguien que enseña meditación le preguntaron qué momento era el mejor para meditar. El respondió: aquel en que lo necesites. Generalmente vivimos esperando que llegue el momento especial para hacer algo que nos parece especial. Vivimos esperando siempre otro momento para poder vivir. Pero la vida es AQUI y AHORA. Todo lo demás no existe. La gente vive planificando cuándo enamorarse, cuándo hacer tal cosa, cuándo comer tal otra. Se planifica más de lo que se vive. La vida se va en planificaciones más que en vivir la vida misma.Así es como solemos perder la vida, de puro andar esperando que llegue. Pero la vida no llegará nunca, porque ya está aquí. Lo que se necesita es la determianción de vivirla, de dejar de tomar excusas y dedicarse a vivir, a sentirse.La vida hay que tomarla, construirla. Hay que vibrar con la vida para que la vida nos haga vibrar. Eso no es algo que ocurra en la mesa de las planificaciones. Eso requiere tomar el riesgo, atreverse. Y eso solo puede ocurrir Aquí y Ahora. No porque mañana sea tarde, sino porque lo que existe es Hoy. Quien conecta de manera intuitiva con la vida (es decir, sabiendo sin que el intelecto interrumpa) puede dedicarse a vivir. Quien vive intelectualizando, se pierde la única oportunidad que tenía de vivir en serio.

Thursday, May 18, 2006

Mirarse

El discurso a veces, bajo la pretensión de aludir a la realidad, en verdad la elude. La realidad ya no concurre ni discurre, simplemente queda disuelta y en su lugar se establece un espejismo. Una ilusión que en nada ayuda porque se ha vuelto un objeto inútil. Tan inútil como resultaría el dibujo del televisor en el manual de "instrucciones de uso" para quien quisiera ver allí, en la hoja de papel, su programa preferido. Sí claro, el ejemplo es grotesco. Pero en verdad hacemos esto casi siempre cuando se trata de saber quiénes somos, cómo somos, qué queremos. La gente que dice distinguir muy bien entre el discurso y la realidad pierde toda su pericia cuando se trata de esos asuntos. Y entonces empiezan a explicar lo que siempre han pensado, lo que siempre han creído, etc., etc., etc. Y por supuesto uno debiera quedar convencido solo porque empiezan las frases con la palabra siempre, una y otra vez. Pero todo el discurso se derrumba cuando les hace ver que lo que hacen no tiene nada que ver con lo que dijeron, que el que dice que le encanta el aire libre, prefiere cada fin de semana quedarse en su casa a mirar televisión; y al que le hubiera encantado ser director de cine, ni siquiera se ha atrevido a comprarse un libro sobre cómo mirar una película. En fin, cada uno tendrá sus ejemplos cotidianos. La gente se mira más en las palabras que en los echos y eso hace que nunca se encuentre, que nunca se conozca realmente. Alimenta una falsa imagen de sí, como quien alimenta una pompa de jabón: la hace cada vez más débil de lo que cree. Y al final la pompa se rompe y después te dicen que no saben por qué. La gente tiene la adicción de mirarse más en las palabras que en sus echos, porque al fin y al cabo las palabras siempre son más sumisas, más tranquilas, más dóciles, se créen el orden que uno les da, se dejan amaestrar con una docilidad que hasta enternece. Los echos suelen ser mucho más terribles y quien se impresiona de no ser lo que esperaba, suele dirigir la vista hacia otro lado. Pero quien quiera verse, que empiece no por contarse quien es, sino por dejar que sus agendas se lo cuenten.Tal vez reciba una sorpresa.